martes, 4 de agosto de 2020

VICENTE ANAYA


Yo nunca conocí a Vicente Anaya, es probable que en mi infancia compartiéramos la Roma, pero tampoco fui a uno de sus talleres. ¿Qué hacía en el año 2000, por qué no me lanzaba a Tijuana o Mexicali para ser mejor persona, para entender mejor la poesía? Andaba yo en uno de esos líos de la vida, empujando y andando. Entonces, no lo recuerdo ni alto ni firme, pero lo recuerdo sonriendo en algunas de las fotografías que hay de él.

 

Me parece que hay dos grupos de imágenes, en las que sale con los infras, y las que circulan abundantemente ahora, cuando ya se ve maduro y elegante, con su barba entrecana.

 

¿Cómo preferiría ser recordado Vicente Anaya?

 

Los compañeros de la localidad lo prefieren chihuahuense, con sus años en Tijuana, para mi siempre fue un chilango que estaba en muchos lugares. Si lo hubiera conocido jamás se me habría ocurrido preguntarle de dónde era, vaya pregunta. Lo cierto es que se daba sus escapadas al norte, y eso decía algo de lo amplio que era su territorio, pero no me imagino que esta o esa fueran su casa.

 

Pero sí me imagino que él se sentía infra, desde entonces y para siempre, y la mejor imagen que tengo de ese caballero de abundante melena, es por su postura en uno de los tres manifiestos infrarrealistas que se publicaron: Tomando en cuenta lo antes dicho, nosotros nos negamos seguir el juego institucional de la “CUL —¿cul no es un prefijo de origen francés?— TURA” que implica la teoría y práctica de los grupúsculos academicistas y sectas reduccionistas que bregan en el poder editorial y que con sus esquemas se vanaglorian de una absoluta corrección sobre lo que “la belleza debe ser”.

 

¿Quién de los infras de las últimas generaciones escribió: “A esos filólogos les encanta usar la lengua”?

 

Y aquí me pongo más rústico: ¿qué es lo que prefieren mirar sus colegas? Aquel tipo antipaceano que era un detractor acérrimo de la cultura oficial, el que escribió que la gravedad del siglo era la cordura y la sensatez, el que creía que la labor del artista no terminaba cuando se publicaban o exponían sus obras, o bien, el tipo tolerante y sabio, bien educado e incapaz de increpar al prójimo.

 

Las buenas costumbres nos remiten a la buena educación también, al bien aprobado respeto, a la bendición de la cortesía. Pero a Vicente Anaya, por respeto también, se le debe relacionar por siempre con los repudiados, con los mal vistos, con los que se entendían con la locura y vociferaban poemas a pie, entre La casa del lago y Bucareli, con los alcohólicos y con los mal publicados.

 

Vicente Anaya era muchas cosas, pero más se le quiere por lo que le escribía a Mirella:

 

Tu hablaste de amar a otro hombre y

Yo me callé como caído a un pozo

silenciando poemas

con los que debí enamorarte.

 

Más se le quiere por creer que las palabras “buenas” y “malas” nada tienen que ver con el ser humano, más se le quiere porque andaba con un grupo de pelafustanes, todos menores que él, queriendo cambiar la manera de entender la realidad.

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