jueves, 13 de noviembre de 2014

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Cuando leí la palabra “boruca” en José Trigo, entendí que ahí estaba el lenguaje perdido de mi infancia. Mi padre decía, en esas noches bien jóvenes: “ya, no hagan boruca”, y el silencio, ya de por sí endémico en esa planta baja de la vecindad, se agarraba de lo que podía. Éramos varios hermanos, en la flor del escándalo, y callábamos como gente adulta, como ancianos moribundos. Algunos de mis hermanos se encerraban a leer en el baño y otros se acomodaban en la cocina de paredes amarillas. Yo hacía cualquiera de estas cosas, o me acostaba a escuchar la radio con audífonos, o a escuchar la lluvia en la zotehuela (otros escribirían traspatio).

No queda en una palabra, mi lectura me ha llevado a un paseo que no creía que existiera fuera de la charla de los mayores, esa charla que me parecía pesada, torpe, rebuscada, incluso burda. ¿Por qué decían “pulga pedorra”, o “desconchinfladas”, o “turulata”? Yo mismo, en mis primeros años, cantaba: “a comer, a comer, pedacitos sin cuartel”. ¿Quién me enseñó esa canción? En José Trigo la encontré de forma correcta: “a comer, a comer, soldaditos del cuartel”. Era yo un “bodoque”, un “escuincle de porra”, “chipil” pero “morrocotudo”.

Al final, que encanto, y de eso se trata la literatura, de hacer memoria del lenguaje, de guardar lo sustancial de nuestras charlas, de las charlas de todos los tiempos. Al final, nuestro lenguaje no sólo es transformador de la realidad, es la realidad misma en transformación, y lo mismo una máquina del tiempo, el paseo por nosotros mismos, por nuestros orígenes.

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