jueves, 5 de junio de 2014

Los proscritos de la literatura




Así dice Daniel Salinas Basave, en el suplemento Palabra, al referirse, entre otros, a Mario Santiago Papasquiaro.

Si atendemos a las palabras laxamente, habría muchos de ellos. Condenados, desterrados. Pero, ¿cuándo pasamos a ser literatos, cuándo somos hombres y mujeres de letras, tanto como para sentirnos excluidos con razón?


Conozco a muchos que se dicen poetas, poetizas; los novelistas son dramáticamente menos, pero, más que todos, los que desean convertirse a las letras. ¿Cuántos son buenos escritores? No he leído a la mayoría, he escuchado a algunos. Ensenada es una ciudad pequeña, que alcanza para descubrir con cierta facilidad cuando alguien destaca, pero el puerto no es precisamente un generador de nuevos talentos, por más que se insista con ilusión en ello.

Habrá que pensar lo que sucede con los que tienen talento y no tienen espacios para desarrollarse o para mostrarse. ¿Qué espacios prefiere un profesional? Creo que cualquiera prefiere la decencia de la publicación de un libro, fuera de toda responsabilidad política. De ellos, de los talentosos, conozco a dos: uno muy joven, la otra joven a secas. Otros más se manejan por el medio cultural con soltura, escriben artículos para medios electrónicos locales o nacionales, pero no deciden ser o novelistas con plenitud, cuentistas, narradores, o poetas de vida completa. Por supuesto, excluyo a quienes se dedican al periodismo cultural por oficio. De estos últimos, a dos conozco. Otro más parece consolidado, pero a mi parecer que se quedó en un espacio de comodidad adormecedora.

Los escritores sin talento o sin espacios de desarrollo combinan su trabajo creativo con otros oficios, desde la docencia hasta lo inverosímil. De tiempo completo, únicamente los que están del lado de los que sobreviven de lo que escriben, los que navegan por la profesión con cierto éxito.

No conozco a muchos becarios, quizá una en el área de la dramaturgia.

Abundan los poetas por amor al amor, los de la nostalgia, los de las canciones, los de las distancias, los del dolor de la distancia... Los poetas de los sentires, los de las frases gastadas, los de la catarsis, los del vómito sentimental.

Quienes se dedican de vida completa a la literatura son los menos. No implica el tiempo completo, sino la manera de entender la existencia. Mario Santiago Papasquiaro, fuera cual fuera su manera de hacerse de dinero, vivía para la poesía, en ella se regodeaba, en ella meaba, cagaba, en ella entendía el entorno. No creo que le importara el mérito académico, o la aplastante aceptación del gremio. Él publicaba en el más miserable de los medios: en las paredes de su casa (un acto más bien íntimo), o en las servilletas: en el papel desnudo que se pone en el culo o en los labios. ¿Buscaba la “decencia de una publicación”?

La profesión, en el mejor de los casos, se lleva al límite, ¿hasta el desinterés por los premios, por la remuneración económica? Y entonces: ¿por qué se quiere ser escritor? Porque así nace de las tripas. El premio es una figura ilusoria, el sueldo algo sencillamente inexistente, la remuneración extraña, más emparentada con lo inusual, lo fantástico.

Y usted, ¿por qué escribe?

Y yo, ¿por qué escribo? Yo soy un escritor menor, para empezar, y por menor entendemos que existimos entre lo inapropiado, lo mal planteado, lo caótico, lo generalmente sin sentido, lo descontextualizado, lo mediocre y lo más humano de todo: lo vulgar, lo común y lo corriente. Pero aún, los escritores menores pretendemos un gran flujo literario, poético, que sostenga la creatividad de una zona, de un país en el mejor de los casos. Los menores tenemos que gritar usualmente, hablar con claridad y sin muchos rodeos, para ser escuchados.

Creo que aquí todos somos menores. Pero todos comenzamos mediocres, casi todos, y la belleza está en no esperar nada, no hacerlo por esperanza, sino por puritito amor, y no amor al amor. La terquedad de nuestras letras a veces da lugar a paisajes bien definidos, a personajes bastante coherentes, a historias que permanecen en la memoria de algunos. Así nos quedamos bien. A veces la explicación de “algo” está en una líneas, con la sencillez de la poesía del no leído, a veces encontramos una simplificación que parecía imposible en la inesperada poetisa del arrabal de la ciudad de los desprotegidos... Y ganamos por un momento, y abrazamos al que por un instante, es el mejor.

domingo, 1 de junio de 2014

La muerte le sonrió, cabrona




A Mejía de la Garza, in Memoriam

Mejía de la Garza... Antonio, ¿dónde está? Quizá muchos de nosotros no tengamos idea de su vida o de su historia, ni de porqué este encuentro está dedicado a él cada año. No tuve el gusto de conocerlo, pero a la mayoría de los escritores no tenemos acceso personal. No ando diciendo: miré a Roberto Bolaño y nos tomamos un café... o, abracé a Elena Poniatowska y se sintió agobiada después de que no la soltara, insistente... La verdad es que a la mayoría de nuestras lecturas les llamamos gente, escritores, pero a esa gente no la hemos visto nunca. Eso me sucede con Mejía de la Garza.

La otra cara de la moneda somos nosotros mismos. Nadie, o casi nadie, nos conoce en términos de cientos de miles de personas. ¿Quién me ha visto, quién sabe de mis miedos, quien sabe a las claras de mis perversiones? O más fácil: ¿Quién ha leído mis novelas?

“Mejía de la Garza murió de un infarto fulminante a los 51 años de edad...”. El hombre dejó probablemente a una familia, o a una amiga, o a un gran amor, pero eso no lo sé. No sé qué ambicionaba, ni puedo entender por qué llegó a Ensenada. Pero puedo imaginar el dolor que dejó en alguien, en lo inesperada de su partida, y un poco de su labor si aquí estamos recordándole.

¿Quién quiso, quiere, tanto a Mejía de la Garza? El acto de recordar es a veces un acto de amor.

Todos somos un poco Mejía de la Garza, todos somos un poco fantasmas, un poco presencias difusas, un poco más tangibles para los que tienen la razón de los recuerdos, para los que tienen la valentía del amor o para los que hacen de las personas buenas costumbres. No se mal entienda, las costumbres no son ni del todo malas ni del todo aburridas.

Hoy estoy aquí para pensar en Mejía de la Garza, no estoy para mis textos que, seguramente, nadie recordará, acaso mis amores, quizá mi esposa y mi hijo, quizá mi gran amante, que sigo esperando de broma, pero en serio. Lo cierto es que más vale escribir del que algunos recuerdan que escribir de sí mismo, que no sabemos si tendremos la fortuna de trascender más de una década, como él ha hecho.

No tuve la fortuna, decía, pero quizá en mi primer visita a Ensenada, en el lejano 1997, me cruzara con él en la calle y... Pero no conozco su rostro y mi memoria es humana, y sí a una descripción me aferro, quizá Mejía de la Garza “era una Isla, flotando en palabras, entre pirañas solares”. En sus palabras, ¿mirándose al espejo? La lectura es una libertad trepadora, por ponerle de alguna forma.

Para despedirme, él también escribió:

“No te marches
Porque a través del adiós
La muerte me sonríe”.

Y es la mejor manera de entenderlo, y más razón para la lectura, y sigo avanzando en el conocimiento de su persona: en tres líneas me parece que no era un tipo cursi, y que a pesar de lo que fuera, la muerte le sonrío, cabrona.

(Texto publicado en el suplemento Palabra, del periódico El vigía, y leído en el Encuentro de Escritores Mares de Tinta)

domingo, 18 de mayo de 2014

Muertos vivientes.




Nos vamos acostumbrado a las ausencias. ¿Nos vamos acostumbrando?

 A esos señores que perdieron la vida en los últimos tiempos, la mayoría jamás los miramos. Por lo que a mi respecta, siguen causando revuelo Julio Cortázar, Juan Rulfo, Roberto Bolaño, Guillermo Cabrera Infante e incluso, Carlos Fuentes. Un cadáver fresco, como el de Gabriel García Márquez, es polvo y nunca tuvo ese intenso tufo de la cadaverina, pero ahí está con sus inolvidables visiones de la realidad latinoamericana. Pero a los escritores los abordamos íntimamente, y en sus lecturas los vamos haciendo amigos, los vamos queriendo o detestando, y ahí en el librero tenemos piezas complejas de sus pensamientos, tardes de bromas macabras, vuelos existenciales, sentencias, construcciones, retoques, divagaciones, lucidez endemoniada... Son familiares. Entonces lloramos sólo a sus fantasmas, a lo que menos teníamos para nosotros.

Y sin embargo, me detengo angustiado por la vida del amigo que nunca me miró, y me pregunto: ¿sufrió el desgraciado? Julio Cortázar, renovador de la estructura del lenguaje, murió de un proceso leucémico, o de la jodedera de un virus cabrón, dirían otros. Roberto Bolaño, regenerador de la literatura en castellano, de un grave mal hepático que lo enflacó y lo hizo un tipo macabro y divertido. Guillermo Cabrera Infante, indispensable de la cultura cubana y latinoamericana, de septicemia, que suena a mordida de lagarto con baba infecta. Carlos Fuentes, peligroso comunista para el FBI, de una hemorragia masiva, que debe de ser mucho peor que las hemorragias apáticas. Y Juan Rulfo, el NUESTRO, de cáncer de pulmón, intuyo de tanto andar en esos llanos desolados en llamas. La neumonía de Gabriel García Márquez igual la pescó en Macondo, con esas fiebres de selva incurables.

Muertes masivas, malas, celulares, virales... Muertes lejanas a los fusilamientos, a las malas caídas, a los suicidios masivos de ballenas, a los tropiezos en altitudes sin oxígeno, a los choques de trenes o catástrofes aéreas. Ni muertes de hambre, ni madres. Más cercanas a la cisticercosis y a las transgresiones genéticas, a la locura de la reproducción celular y a las bacterias asesinas. ¿Les dolió el cuerpo al morir? ¿Tuvieron la perra claridad de los últimos momentos? ¿Tuvieron fe en los antibióticos, en los tratamientos experimentales? ¿Cuánto duró su resistencia a la muerte?

Está última pregunta es la que más me atormenta como amigo (al menos lejano), como cercano lector, como íntimo seguidor... ¿Cuánto dura la resistencia a la idea de que vamos a morir? A esos hombres los queremos a ciegas pero a profundas también, como si desde siempre fuéramos Nosotros, como si desde siempre dijéramos somos Todos.

¿Cuál será nuestra fractura, nuestro cansancio orgánico, nuestro veneno, nuestra liberación? Me duelen las manos por eso de los túneles del carpo, pero lo que más me duele, es México, ahí en la realidad de la ingle.

(Texto publicaco en El Vigía: http://www.elvigia.net/palabra/2014/5/18/palabra-mayo-2014-158578.html)

lunes, 5 de mayo de 2014

Cuando la quincena se termine



Recuerdo como mías esas andanzas de Henry Miller, pidiendo dinero a sus amigos para sacar adelante los días; muchas veces lo obtenía y lo gastaba con alguna mujer, invitaba a sus amigos a comer o pagaba otras deudas. Entonces trabajaba organizando a empleados que entregaban telegramas en Nueva York (Western Union), y detestaba su trabajo aunque algunos de sus buenos amigos estaban ahí. En la traducción española él decía “tirar el sablazo” al referirse a los prestamos que pedía y su obtención. Cuando leo esos pasajes en sus Trópicos puedo sentir el bienestar que le daban unas monedas, porque eso significaba: comer, moverse, estar con una mujer.

Sin embargo, Miller vivía en la miseria.

Es una imagen romántica del escritor, pero lo mismo podemos decir de millones de personas que no tocan un libro en casi toda su vida, y que subsisten sin ese poder de convencimiento que tenía Miller. Un tipo común ¿a cuántas personas les puede pedir dinero? Muy pocas, y mientras no esté endeudado con ellas, pero es más probable que se rodee de personas que como él, no tienen un peso de sobra.

Miller tenía a la humanidad para él, por el trabajo y por su facilidad para socializar, y residía en una ciudad como Nueva York. Ensenada es una ciudad pequeña, y pequeños son nuestros círculos sociales, así que el escritor pobre local puede...

Uno: Vender sus propiedades (muebles, libros, y otros valores). Los libros no interesan a muchos en un país de pocos lectores, por cierto.

Dos: Empeñar alguna joya de la familia u otro objeto que no se quiera perder... Pero me atrevo a pensar que de cada 10 cosas empeñadas se pierden la mitad, como mínimo.

Tres: Si tu historial crediticio es limpio (o fue limpio alguna vez), tener crédito en Coppel, por ejemplo, que te puede “alivianar” en cierto momento. Por supuesto, los intereses son brutales.

Cuatro: Los préstamos sobre la nómina son finitos, y también son sangrientos con las comisiones.

Y salir a la calle, no quedarse en casa, mirar gente, cargar siempre con sus libros (los de su autoría) para vender con cierta elegancia... Así es, andar por esas calles lindas del centro, llegar a Coppel y averiguar que tiene pagos vencidos... Recibir una llamada de Santander y temer que ya estén dando con su domicilio actual... Y llegar a Banamex con la agradable sorpresa de 1000 pesos de crédito puro, limpio, pleno y satisfactor.

Las becas son una ilusión, los benefactores millonarios son fantasía. Existen, eso sí, los amigos, los que en esos momentos te abrazan y hacen lo que pueden sin consultar al Buró de Crédito, a quién nadie hacía caso hace algunos años.

Para esos amigos, esta nota.

domingo, 27 de abril de 2014

El tamaño de nuestra soledad



A veces me parece que estamos frente al pelotón de fusilamiento, en un momento que se hace eterno, que nos desfigura, que nos acobarda, que nos moja los pantalones; a veces, sin embargo, reconozco que caminamos en libertad, guiados por el olor de las almendras, a veces por el olor de los muertos en las calles de nuestras ciudades. También reconozco que nuestra realidad es inconmensurable, pero que estamos en un punto ciego, el de la ignorancia, que nos evita mirarla, mucho menos entenderla. Gabriel García Márquez entendió antes que nadie de esta riqueza incomprendida, ignorada o sencillamente no observada. “No hemos tenido una instante de sosiego”, dice en 1982 en su discurso de aceptación del Premio Nobel, y seguimos sin tenerlo, pero aletargados en el desconocimiento de nosotros mismos.

La realidad que vive con nosotros” en su grandeza de fealdad y de belleza, abrió en García Márquez un “manantial de creación insaciable”, pero permanece cerrado para la mayoría de los latinoamericanos. Vivimos el día a día en el adormecedor discurso de las minorías y creando lo imposible, nuestro infierno paradisiaco; la imaginación creativa no es requerida porque esos espacios están captados por la supervivencia. Efectivamente, no se nos puede medir con la misma vara, somos una especie de caníbales que además de sí mismos comemos la lógica del primer mundo; andamos con alegrías desnudas mientras nos caemos a pedazos, mientras lloramos a nuestro patriarca Gabriel. Todos somos huérfanos de padre: si no lo conocimos, murió cruzando las fronteras buscando lo ajeno, lo demás incomprensible. Nuestra madre es la tierra, y mamamos hasta que nuestra boca busca otras vaginas; nos destetamos viejos. Nuestra súper carretera es la desdicha que no aceptamos, nuestra felicidad por lo insignificante.

Todas las historias, todos los personajes caben en nuestra realidad, todos los eventos, todas las magias y digresiones. En la cabeza de García Márquez también cupo todo, mejor aún, interpretó la realidad sin esquemas ajenos, lo que nos hizo familiares, reconocernos en un espejo propio para los que queríamos mirarnos en nuestra belleza y nuestra miseria completa. Imaginar, entonces, es una charla repetitiva entre borrachos, entre asesinos, entre luchadores sociales, entre aficionados al fútbol, entre poetas y escritores latinoamericanos; imaginar es andar con los ojos bien abiertos observando el entorno, imaginar es vivir en estas tierras.

El “tamaño de nuestra soledad” es el silencio, es la omisión del entorno, de nuestras cavidades en donde cabe nuestra historia y nuestro porvenir, en donde buscamos lo que no existe porque miramos antes en otros, porque aprendimos a esperar lo ajeno, lo que no es de Aquí. Con García Márquez, el latinoamericano universal, se va una manera de entendernos, de lidiar con la locura. Nos quedamos más solos que nunca.

sábado, 19 de abril de 2014

Nuevo Vallarta




No recuerdo vacaciones tan relajantes, será que era el momento preciso antes de colapsar. Los ingredientes comunes: playa, mucho sol, cielos limpios, calles, café, lectura, gente. Pero en cantidades perfectas, mezcladas con mi frustración, mi cansancio, mi extravío. Resultado: el estrés desapareció por unos días, mi cuerpo, grande como es, flotó en el agua del mismo océano pero en otras latitudes, navegué por espacios abiertos, probé comida deliciosa, tomé mucho café, miré a mucha gente y platiqué con alguna, me desvelé pero me levanté tarde cada día, valoré algunas cosas sobre las aguas malas y sobre mi futuro (no llegué a nada concluyente). Me reí, busqué los ojos de algunas mujeres, la presión de mis perros disminuyó en mi pecho, y no quise regresar. Caminé, los últimos días sudé y disfruté más el mar, la arena en mis pies, la arena en mi culo, la arena colándose en mis testículos. Los cadáveres fueron muchos: Gabriel García Márquez, dos peces globo, un par de anguilas, una gaviota sin plumas, e incontables malaguas (medusas) que descansaban en paz en la arena de Nuevo Vallarta; me duele García Márquez, pero solo un poco, es decir, no me duele nada, pero tiene otro tipo de impacto, más global: empobrece al mundo la ausencia de ciertas personas.

Regresé.



Ya escribiré del significado de García Márquez en la mecánica de la imaginación, de la visualización del espacio, en su versión latinoamericana.



Aquí todo sigue igual, el aire cargado de costumbres y de esporas que me hacen toser; una nitidez aburrida, un reloj en retroceso para regresar al trabajo, los senderos, las manías repetidas incontables veces. Aquí naufrago con lo cotidiano, aquí es el imperio de lo repetitivo, la decadencia de las responsabilidades basadas en los esquemas sociales. ¿Quién se encarga de repetir una y otra vez lo que es correcto y lo que no? Nosotros mismos, como sabios vulgares.

Mejor viaja, escapa, fornica, ladra... ¿Cómo no agachar la cabeza? Es de las cosas que tenemos que aprender, y también a soltarnos la correa, a escabullirnos por espacios reducidos.



He leído: “vamos a la playita” en las redes sociales, de gente de la localidad. Me pregunto: ¿porqué a mi no me sabe a playa esto? Me sabe a mar imbatible, a ciencias del mar, a profundidad óptica, a productividad primaria, pero no a tumbarme en la arena. Quizá sea el aire, la temperatura del agua y el excremento de los caballos, el color de la arena... Pero evidentemente lo tropical no es de aquí, y eso me pesa en el momento de decidir hacer un hoyo en la playa y mirar como se llena de agua. Prefiero mirar el paisaje humano.

Como sea, ya estoy aquí; primero llegó mi cuerpo, y poco a poco va llegando lo demás.

domingo, 23 de marzo de 2014

Publicar




He escrito a un representante literario. Lo conocí en El País, y no es que le diera la mano, pero miré su nombre y dije: “ese es”. Ese es quien resolverá mis dudas del fantástico mundo de los escritores bien publicados, quien me ayudará a comprender la banalidad de mis textos, o quien me indique su fortaleza narrativa o sus debilidades sintácticas; probablemente quien me de un indicio de mis extravíos más inesperados. Quizá responderá porqué el limón es tan caro en México y el porqué de la inocencia de los dueños de las gasolineras en Ensenada, y el porqué de los tonos de América Latina: luminosa y macabra, en una combinación que es en más probablemente una polarización, o un distanciamiento a medias, o una manera de ver las cosas, negativamente o con optimismo, como usted quiera.

O quizá no responda. Lo cierto es que he arrojado una botella con un mensaje en el mar embravecido por el desencanto social o por mis malos pensamientos, más probablemente por los cambios estacionales de la frustración; si regresa la botella es que nuca se fue. Estoy acostumbrado a las respuestas tardías, a los largos silencios de los editores (no el de las universidades norteamericanas, lo que es un chiste personal), y también al ruido de los roedores, al ladrido alocado de los perros y al llanto, a veces el mío. Podría no responder, asustarse con mi texto circular y débil, como el vuelo de un avión de papel, con mis palabras-goteras llenando pequeños vasos, a veces piletas enteras, casi siempre retretes.

Lo que realmente quiero es comenzar la otra novela, eso es el hambre de cada día. La novela que no se publicará, la que no ganará ni premio ni mención, la que no tendrá más de 10 lectores pero que llenará mis días.


El ruido de mis tripas no me dejaba trabajar en paz: compré un hot dog de 12 pesos y pedí fiado, aquí en el café, un sandwich y el té helado; y para cerrar, escribí este breve texto, e irónicamente, en la parte superior de la ventana en el monitor dice claramente: "publicar". Publico, pues.