lunes, 11 de mayo de 2026

Ver a los chicos crecer


  

Hace unos días, en una charla casual, utilicé la siguiente frase para referirme al Barcelona: “el equipo de mis amores” —quizá un poco cursi, más correctamente muy sincero—. Entonces, ¿qué tiene un equipo para ser tan querido, para tener un lugar en la vida de un individuo? Los días que cambian de tono cuando gana, la tristeza de verlo perder, la euforia de los goles, la emoción de verlo jugar —porque no todos los equipos juegan igual—. Parece algo meramente emocional, pero hay razones evidentes a pesar de la distancia cultural o geográfica. El futbol es el futbol.

Al Barça lo conocí no hace muchos años, con la alineación de Rijkaard —los tiempos y el contexto, no me alcanzaron para conocer de cerca la de Cruyff—, un equipo que jugaba como si el balón les perteneciera únicamente a ellos: Valdez en la portería, Puyol, Rafa Márquez, Xavi, y quién no recuerda la delantera con Giuly, Eto'o y Ronaldinho extraordinario. Con ellos comenzó una historia personal: yo me establecía en el norte de México, escribía mi primera novela, perdía la candidez con un primer matrimonio, pero comenzaba a disfrutar de un Barcelona primigenio en mi existencia. Posteriormente, en la euforia, llegaría el Barça del sextete, al que se incorporaban Piqué, Alves, Abidal, Busquets, Iniesta (que jugaba exquisitamente), Henry y Messi, donde las palabras faltan.

No únicamente se trata de alineaciones, que son el resultado de las coincidencias del tiempo y las estrategias, y también de lo inesperado —ni Lamine ni Raphinha hay jugado hoy contra el Madrid, lesionados—, va con el ritmo que llevamos en la vida, con el vaivén de la existencia; es decir, es algo que, muy íntimo, va con nosotros. El equipo de mis amores es el equipo que se acomodó mejor a nuestra noción del mundo, a nuestra manera de ver la vida, especialmente con esos equipos que tienen personalidad. Así, imperceptiblemente, un día nos vemos arrobados por un partido, por una forma de entender el juego, por la estrategia que se lleva a la perfección y que se vuelve parte del espíritu de una comunidad deportiva. “El Barça”, decimos cuando gana, con la entonación del amor, “el Barça”, cuando pierde, con el mismo tono, que se vuelve una vocalización que viene desde las entrañas —entrañable—; y los enemigos deportivos de mis amigos, son mis enemigos, la rivalidad se mide con las mismas sílabas “el Barça” frente al Real Madrid, que tiene sus propios símbolos, cosmovisión y manera de entender le juego —ejemplo: ellos le llaman “fábrica” a lo que nosotros, permítaseme esa apropiación, le llamamos “Masia”, o casa de campo en catalán, a las escuelas formadoras de jugadores—, y que es por definición, lo opuesto.

En el Barça vemos un fenómeno singular, con ellos solemos ver crecer a los chicos, les seguimos desde sus primeros regates, cuando comienzan a afilar los pases. Sería injusto dejar de nombrar a una pequeña multitud de jugadores que se formaron en sus fuerzas básicas, pero también sería injusto dejar de nombrar a Messi, Xavi, Iniesta, Busquets, Fàbregas, Puyol, Piqué, Valdés… una fracción del gran conjunto; hoy, nombramos a otros: Cubarsi, Gavi, Fermín, Balde, Pedri, Casadó, Fort, García, Bernal y por supuesto Lamine Yamal. Y no particularizaré en uno, que sería sencillo, porque hay gestos en cada uno de ellos que mueven a la colectividad, que llegan a estrellas mundiales. No imagino a ninguno de ellos fuera de casa, como no imaginaba a Dro o a Fati, pero también entiendo que los jóvenes se van, aunque uno los retenga siempre en una parcela de memoria. El equipo es ellos, y otros más que dan la cara cada fin de semana, los que, decimos en México, se parten la madre por el escudo.

Alguna vez me sentí afortunado por ver jugar a ese Barcelona de Guardiola, hoy miro al equipo de Flick con igual sensación de fortuna, el amor se encarna, y así como hay felicidad, hay dolor. Vamos entendiendo esquemas en el campo, estrategias, posiciones, pero el sentimiento es irracional también, sino sería un poco aburrido. Hoy somos campeones, porque los triunfos de quienes queremos son también nuestros.

Espero ver al Barça en el Camp Nou, que el tiempo me dé para gritar un gol, mejor de Yamal, y habrá valido la pena lo que llamamos vida.

sábado, 2 de mayo de 2026

Del cuento a la novela, Donde termina el verano

 


 

“En un barrio de Mexicali”, “una novela extraordinaria sobre la amistad”, “prosa hipnótica”, “novela que profundiza en la violencia”, “retrato sobre la amistad femenina”, son algunos de los enunciados que se repiten como boletín de prensa, en la ausencia de una lectura profunda de la novela de Elma Correa, Donde termina el verano —ganadora del premio Biblioteca Breve, en este año—.

Sin embargo, Carolina Monraz recientemente publicó el texto llamado Donde termina el verano de Elma Correa, lo premiable y lo fronterizo, en el cual sugiere, entre otras cosas, que el premio se asignó como parte del contrato con la autora del grupo Planeta, lo que entra en el espacio de la especulación. No obstante, el artículo de Monraz plantea algunos aspectos en la naturaleza de la novela galardonada que se centran en las formas literarias y en los espacios humanos/geográficos que se establecen, y allí hay materia para degustar y desarrollar.

Lo primero, es que siempre es una buena noticia saber que las letras de Baja California tienen un triunfo fuera de la localidad, mucho mejor fuera del país. Donde comienza el verano se multiplica fuera del escenario bajacaliforniano y, bien o mal, da una imagen de un escenario de lo que llamamos frontera, desde aquí mismo. ¿De qué trata? Esta es la parte más publicada: un par de niñas, amistad, veinte años de separación, evento horroroso —al final no lo es—, encuentros, desencuentros. Diría que una trama bien manejada en el aspecto de la historia, con mosaicos narrativos que se imbrican adecuadamente. Ahí, en ese trazado de la novela, encuentro a la buena cuentista que es Correa; la novela funciona en tanto suma relatos eficaces; falla cuando debe sostener continuidad, complejidad y ambigüedad. En marcha, se carga a los lectores con sencillez, los seduce con un lenguaje fluido en general —a veces coloquial, otras más cargado, dramático, teatral—, diría que casi a manera de charla, en un estilo indirecto libre, donde la narración tiene un sesgo; el diminutivo recurrente no acaba por funcionar. La obra parece avasallar en ese punto, y miramos de reojo: Ganadora, Planeta.

            Pero la novela se resquebraja, el arte de la novela exige otro nivel para volverse memorable, sobre todo universal. Aborda, conforme a las características de la novela según Kundera, un escenario que es el tema de la novela misma: la exploración del ser humano, la memoria de lo femíneo, la violencia masculina, el cuestionamiento del mundo desde los personajes femeninos; aunque lo hace a costa de la otra parte de la humanidad, la de los hombres, y no porque el hombre deje de ser el protagonista en ese esquema de violencia, sino porque la lectura que se hace del mismo resulta frívola —o no se hace—. La novela no tiene la sabiduría de la incertidumbre, juzga: creería que la maldad radica en la masculinidad per se —Aurel, personaje gitano, se libra de la malignidad regalando, protegiendo, manteniéndose distante sexualmente; animal fiel hasta el final—, y casi la totalidad de los varones son cuestionados en algún punto: “No sabía el tipo de pornografía que consumía Nantai”. Se recurre a la ridiculización, aunque de manera poco verisímil: “El pobre profesor Gutiérrez lloró de vergüenza mientras se cubría sus miserias”. Acomete de manera directa, poniendo el tema en la mesa de la narración, lo que debería entenderse de manera elegante desde las formas, desde el estilo, desde el juego de los personajes en la novela: “broncos, brutos (…), macho norteño”, “no pensaba exactamente en términos de violencia misógina, sino en algo como el amor hostil, en el odio amoroso”.

            En el terreno de lo más sutil, existen problemas de coherencia, en el hilo temporal, en el devaneo de personajes que se contradicen a lo largo del texto, diálogos insustanciales, lugares comunes, descripciones sensacionalistas: “les dejó ver sus dientes roídos, con las encías rojas, como sanguinolentas”. Así, la obra pierde potencia, la dramatización se vuelve telenovela, por momentos novela juvenil, por momentos de policías o ladrones, en otro de narcos de utilería.

            ¿Y dónde está el norte? Correa plantea un norte que a pesar del horror se vuelve dulzón, ¿algo que únicamente puede pasar en Mexicali? No hay norte allí, la frontera se desdibuja y el reflejo que se da al mundo es otro que se acomoda en la fantasía. No basta decir mall o field para hacernos fronterizos.

¿Literatura de escaparate? Correa me hace pensar en dónde se da la transición entre cuento y novela, mejor aún, qué requiere un cuentista para sobrellevar la transición a novelista. Y no se pierda el hecho: Donde comienza el verano es una novela ganadora, seguramente la más grande ganadora en términos económicos y de prestigio. Si nos atenemos a la realidad, debe tener atributos que son deseables para los lectores —¿lectores novatos, lectores que tienen preferencia por lo sencillo, por temas asequibles, que se encuentran a una plataforma social en donde el tema está sobre el arte (de la novela)? —. Me resulta claro que Correa sabe narrar y cerrar los relatos, que hace construcciones con ellos, pero también creo que pierde al momento de llevar la narración en términos de la novela —otra vez Kundera: la novela es incompatible con sistemas que imponen una única verdad—, trata de resumir la complejidad, pero en el género, resulta inútil.