miércoles, 4 de mayo de 2016

Yola y Yolanda*



 El placer no siempre viene en momentos perfectos. De ninguna manera me estaba involucrando con mi alumna universitaria, sino con su madre. No es que la joven no fuera encantadora, pero hay brechas que se abren entre las personas, entre los cuarentones como yo y esas juventudes alistadas en una mecánica que, tengo que aceptarlo, no es precisamente asequible. Yolanda se llamaba la madre, Yolanda se llamaba la hija, algo muy latinoamericano.

Dentro de todo estaba el respeto, la ética, la simple comunicación con la joven, pero también la libertad de mirarla, de apreciar su belleza endemoniadamente fresca, sus piernas torneadas, la insinuación de un cuerpo macizo, turgente, en donde poco importaba el cuidado o la limpieza. Los jóvenes carecen de esas virtudes, no las necesitan. Pero hasta ahí, sin más avances que la rutinaria relación entre un profesor y los cientos de alumnos que tendrá en su vida. La historia concreta de esa Yolanda joven y arrebatadora, de sonrisa huidiza y de cabello revuelto, se acaba aquí.

Y aquí comienza la historia del reflejo en un espejo transformador, en donde yo miraba a la madre de esa Yolanda, mi colega en una Facultad vecina. Yola, así la llamaré, comenzó a hacerse familiar por las mañanas, cuando ambos compartíamos un horario similar de entrada, y un espacio en el estacionamiento. Para comenzar, quizá lo más llamativo de ella era su propia hija, pero esa pequeña traición nos acercó con la fuerza de la casualidad (un tropiezo en el pasillo, un encuentro en la cafetería, y una charla a propósito de… los hijos). De ahí, todo se fue por el camino de la soldad, de la desesperanza que se va diluyendo, de la familiaridad y de la atracción, con largas charlas cibernéticas que iban subiendo de tono, que iban explorando nuestras expectativas, nuestras hambres y nuestros cuerpos. Que fácil resulta la comunicación cuando no están presentes las leyes de la presencia física, cuando se obvian un montón de requisitos sociales. Así comencé a saber que los senos de Yola eran muy sensibles, que le gustaban los besos suaves y largos, y que se humedecía ante la más mínima insinuación amorosa. Eso me dio esperanza, la humedad entre sus piernas, parece mentira.

Qué fácil es querer a la distancia, desear se convierte en una urgencia.

Y un día, armándonos de adulta valentía, uno de esos terroríficos sábados de soledad futbolera, nos citamos en un café del centro de la ciudad y nos besamos en el auto por primera vez. Cuando buscaba bajo su falda, adorando lo que no miraba con los ojos cerrados, ella suplicaba: “no somos unos niños… no aquí”. Y no fue ahí. Nos dirigimos a un motel, de esos en donde los autos quedan encerrados en un estacionamiento, en silencio, tocando ligeramente nuestras manos, como si con ese contacto mínimo estuviera la promesa de otros, de mejores momentos.

Cuántas emociones al abrir la puerta de la habitación, al darle el paso y explorar inevitablemente su trasero, ya en un plan de confianza inaudita. Y que delicia la de estar en ese encierro, después de meses de apatía sexual, de abstinencia forzada. Ahí estaba Yola, con mirada que no perdonaba ningún detalle, y ahí estaba, de pronto, la joven Yolanda para mi sorpresa, para mi incredulidad, para la traición que no planeaba. Yolanda en las piernas regordetas de su madre, Yolanda en su abdomen abundante, Yolanda en los pechos flácidos que me embarraba en el rostro, Yolanda en la lubricidad de ese pubis de vello espeso que no dejaba de ser llamativo y delicioso al tacto… (¿Yolanda se afeitaría el área del bikini?), Yolanda en esos gemidos deliciosos, en esos besos largos y amorosos. Ahí estaba yo, mirando su culo expuesto, ese muy de ella, en el espejo del techo, y yo, en mi versión más vulnerable: la desnudez que me descalcificaba, que me descomponía y que me recomponía en el desconocido que jugueteaba bajo una mujer madura, pero en el mismo plano, en una conexión que iba más allá de lo físico, y que también se establecía entre mucha coincidencias entre Yola y yo... Ahí, en ese reflejo perfecto de nuestros cuerpos, éramos tan parecidos…

No la había penetrado, trataba de perpetuar el previo concentrándome en sus protuberancias, en sus blanduras que al final me gustaban, en sus olores bien cuidados, en la tibieza de sus labios bien lubricados. “Me estoy ambientando”, me dije, y hundí mi rostro en su sexo, como para olvidarme de todo y cortar con el resto de universo, y sucedió: me comuniqué con ella, nos entendimos en términos de sus muslos y de mi boca, de su olor y su ritmo respiratorio. Su química me venía bien, la suavidad de su vello púbico, el grosor de su clítoris en mi lengua, y cuando ambos no tuvimos valentía ni paciencia, la penetré y tuve la sensación de que algo arrebatador me estaba pasando. Siempre he admirado la lubricación vaginal, tan perfecta, ese desliz de mi pene con facilidad inaudita, el instante sublime de la sensación de meterla.

No sé si fui un gran amante, pero sé que pude contemplar únicamente el rostro de Yola, sin las apariciones de su hija, y que eyaculé feliz, sin tapujos mentales, abrazando la ilusión de todo hombre en el orgasmo.



No volví a salir con Yola. A veces miro a su hija y siento cierto aire familiar, como si la conociera mejor de lo que parece, pero la joven es altiva y distante, y jamás volvió a hablarme después del curso de matemáticas. De Yola puedo decir que quedó resentida, y le doy la razón: soy un hijo de puta que prefiere la soltería después de dos matrimonios mal habidos.

*(Texto realizado para el concurso de relato erótico "Fiestas de San Juan de Coria, en donde el error estuvo en contextualizar el relato en dicho evento)

sábado, 16 de abril de 2016

Malos tiempos para los mirones






He mirado asombrado, con vergüenza, con estupor, casos como el de la reportera en la colonia Condesa (Ciudad de México), en la que un “gracioso”, le bajó la ropa interior. Ah que gracia, que puntada, que… Que manera de dañar, de acosar, de corromper tu espacio personal… ¿Cuál fue la satisfacción del agresor?, ¿la risa, la carcajada, el segundo en el que le vio las nalgas a la mujer? Un segundo, tres, de placer personal destruyen la confianza de una persona, la esperanza de un espacio en el que pueda vivir tranquila.

Eso sucede en México.

Pero es más complejo, a raíz de ese caso, y de muchos otros (acosadores con teléfonos celulares, cantantes sin pizca de educación, y peor, violadores y asesinos), las voces se levantan en contra de una sociedad machista que ve con naturalidad la violencia en contra de nuestras compañeras. La violencia no es necesariamente sangrienta, la violencia es a veces tenue, imperceptible.

Esa es la probablemente la primera violencia que aprendemos, la que no es descarada, la que nace en el hogar, al amparo de nuestros padres. No es mi intención profundizar en este aspecto, que es ampliamente conocido como la fuente del machismo, pero sí en algo que me causa confusión.

Hay un sin número de imágenes de hombres que acechan con los ojos a las mujeres, y que son usadas como el ejemplo de lo mal hecho, de lo impropio o incluso de lo que es una agresión en contra de nuestras compañeras. Caso conocido, Leonardo DiCaprio mirando el trasero de Lady Gaga en la entrega de los Globos de Oro. En el ámbito nacional me encuentro una de Manuel Barlett mirándole los glúteos a una edecán… Y así podría irme.

¿Qué demonios pasa aquí? Honestamente, he crecido mirando traseros, no sólo eso, también ojos, manos, rostros, pies, senos. Negarlo sería deshonesto. Y con esto me vienen a la mente infinidad de compañeros, amigos, amigas, que lo hicieron o lo hacen. No, no estoy diciendo que sea malo o bueno, sólo que sucede. Mirar parece natural en el medio social, y en el medio natural por cierto: biológicamente, la mirada (y el olfato), son esenciales para la búsqueda de pareja, pero no me imagino el escándalo que causaría que nos acercáramos a esos mismos traseros a olerlos (funciona más sutilmente en los humanos).

No me refiero a esas miradas que evidentemente desnudan, sino más bien que “inspeccionan”. Una mirada puede ser grosera, insultante, también lo entiendo.

Y no me parece una situación que sólo involucre a los hombres, es común también en las mujeres. Circula en la red un vídeo de una joven que evidentemente está fascinada con luchadores de la UFC, y nadie dice que sea ofensiva. ¿Habría que censurarla?



Quizá sólo sea cuestión de la educación de la mirada, de ¿observar el contexto, no sólo una parte de él? ¿Debo de pedirle disculpas a todas las mujeres que he mirado? Alguna vez le dije a mi hermana que tenía unos pechos lindos (disculpa, hermana), ella sonrió y me dijo que eran herencia de mi madre. ¿Si digo que mi hermana tiene 18 o menos años es diferente que si digo que tiene casi los 40? Es parte de las incongruencias del sistema. Para hablar de los senos de mi hermana,  tuve que mirarlos, con ropa (por supuesto, pero si hubiera sido sin ropa, ¿algo cambiaría?). ¿Me debo angustiar?

Para colmo, el sistema funciona para que miremos: ¿qué simula el color en la mejillas de las compañeras mujeres, y los labios rojos? ¿Qué función tienen los zapatos de tacón alto? NO, no llamar a la agresión, eso es claro desde el principio del texto. NADA justifica la violencia en contra de las mujeres, y aquí sólo trato de entender un gesto de la posible violencia misma: mirar.

¿Qué tan distantes estamos del Mono desnudo (de Desmond Morris)?

La publicidad es una perrada: con fines de mercadeo nos presenta a la mujer-objeto para mirar. La televisión es una máquina de agresiones, y es el objeto diseñado para ser observado por excelencia. ¿Es el silencio la buena costumbre del mirón? Ante lo evidente, ¿debemos voltear a otro lado? La ofensa está en una tenue frontera, y quizá sea preferible cerrar los ojos antes que injuriar.



  
Y, ¿qué demonios pensar de Benedetti con este poema?


Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos

Me preocupa este mirón también, es decir, en estos tiempos, cualquier par de ojos son el refugio de la maldad.

miércoles, 1 de abril de 2015

En el mar...




Cuando tienes demasiado tiempo estacionado en un café, terminas por conocer de otra manera esa parte de la ciudad, la calle y la gente que está a tu alrededor.  Como el Café San Ángel, en el viejo Vallarta. He visto a demasiadas personas pasar por aquí, entrar, demasiados días de calor, demasiada gente en ropa de playa; incluso lluvia, meseras que van y vienen como mareas lunares, vendedores, parejas con sus perros… Una vez conocí aquí a un tipo que tenía un casco incrustado en el cráneo, parte de él mismo; al parecer comenzó a utilizarlo en la adolescencia, creció y jamás pudo quitárselo; no deseaba hacerlo, ese caparazón le daba seguridad y se prestaba para darle un toque artístico: lo decoraba a una sola mano con motivos marinos, o bien haciendo referencia a eventos históricos. Otra vez miré a un trio de locales llevando un tiburón en hombros: era una bestia enorme que al parecer se había comido la mitad de uno de sus compañeros; se trató de una venganza.

No estoy de acuerdo con aquella tonada que dice que “en el mar, la vida es más sabrosa”, la vida es siempre igual, con sus altas y con sus bajas, si hubiera que explicarla espacialmente. Lo mismo miro el sufrimiento al nivel de el mar que en otras altitudes o posiciones geográficas. La vista es mejor, pero sólo si la comparamos de acuerdo a nuestros gustos y nuestras experiencias.

Al café vengo a escribir, pero me da por recordar. En estos días me siento al borde de un precipicio, pero me sostengo con dosis de cafeína, con mar, con gente y con evocaciones. Ahí es en donde aparece Magda.

A veces, antes de dormir también pienso en Magda.

Magda se quedó en Allá, pero se vino en trozos pequeños conmigo; puedo parecer superficial, creo que lo soy, pero antes que nada se me vienen a la mente sus senos, que estoy a punto de llamar pechos o mejor, chichis. Cuando era niño, “chichis” era lo adecuado; no sé cómo se va desacomodando lo simple. Hablar de los senos de Magda son palabras mayores, aunque sean pequeños como el hueco de mis manos, o enormes como los pensamientos perversos que se me acomodan en las soledades; los senos de Magda son, al instante de verlos, mirar en qué dirección apuntan, y más precisamente mirar al cielo (¿es natural la creencia en personajes mayores, en Dios, concretamente? ¿Es una forma de agradecer unos pechos tan encantadores? ¿ENCANTADORES como los encantadores de serpientes? ). Para uno que ha mirado, no tanto senos al por mayor, pero si pornografía en todas sus presentaciones, resulta conmovedor y asombroso encontrar algo con la precisión de los sueños.

La primera vez que los toqué con los ojos bien abiertos, estaba a oscuras y no pude entender lo que me querían decir.

La segunda vez la luz estaba prendida, pero a contraluz resultó vaga la imagen y me centré en el sexo (otra vez palabras vagas… en el pubis, en el triángulo oscuro de Magda), como por arte de publicidad, o artilugio del hipnotismo femenino; pero después de ello entendí la verdadera belleza, su verdadera belleza, del temblor con cualquier movimiento, pero no un temblor a sincrónico, no, un movimiento con la gracia de lo rítmico que no es necesariamente música, sino lluvia.   

Y perdí la noción del tiempo.

Pero en la belleza también está el dolor de lo que no podemos poseer, y es una condición natural de lo ajeno.

Si se tratara de una descripción física, caería en más lugares comunes. Me agradaría anexar una imagen, pero aún habría pobreza en la bidimensionalidad; lo atractivo está en las protuberancias, en salientes, en las formas que no se contentan con las líneas rectas, que se modifican como si el cuerpo entero ejerciera una fuerza gravitacional a la inversa… La textura, la complejidad de los vasos sanguíneos que dibujan mapas bajo la piel, las señales nerviosas que van de la punta de los pezones a otros universos, también receptores de frecuencias como cascadas estelares, como sombras de otros mundos.

Lo mismo, la simplicidad de la anatomía femenina, unos trazos, nombres cortos, planicies que no tienen fin porque no hay principio y no se llega a ninguna parte, porque el límite también es el inicio. Un ejercicio de eternidad.

Así me propuse escribir de lo imposible, pero lo ideal sería presentarlos a la lengua, a la punta de los dedos: Aquí lo imposible, allá el hambre de la piel. Mucho gusto, me quedo con ustedes, siempre. Pero entonces el recuerdo sería viral, y pasaría de dedos en dedos y de lengua en lengua, y el recuerdo sería persistente universalmente, hasta el fin de las mentes.



Los autos siguen pasando, y una serpiente acaba de salvar la vida porque fue ligeramente menos larga que la distancia entre las llantas de un sedán amarillo. Sigue lloviendo luz, y nada puede hacer el ventilador sofocado. Si cierro los ojos es imposible la oscuridad, si los abro, mis intestinos se iluminan. Y sigo recordando fragmentos de Magda.

sábado, 17 de enero de 2015

Mudanzas




No recuerdo las veces que me he cambiado de casa. Incontables. Uno va fortaleciendo ciertos músculos que sólo se utilizan en una mudanza, más que todo, el de la desesperanza. Inicialmente, los cambios parecen prometedores, los entendemos como trascendentales; después los vamos entendiendo como parte de las variaciones naturales de la existencia.

Sólo aquí en Baja California me he mudado al menos 11 veces.

La mudanza es un proceso de reacomodo, de organización, de limpieza, de desinstalación, de transporte, de instalación. Es un trayecto de un punto a otro en donde dependemos de un transportista para llevar nuestras cosas de un lado a otro. Armamos paquetes, agrupamos, envolvemos, desechamos, cuidamos objetos. ¿Qué es necesario, qué no lo es? Un penoso paseo por nuestra miserias, aquellas que cubrimos de sábanas más o menos blancas, que escondemos en los roperos, bajo el colchón. 

Las paredes de nuestras casas, los muros salpicados de vivencias, son los testigos de lo que llamamos intimidad; esa sombra alargada de nuestros actos que otros ven como formas, sin detalles. Y las vamos dejando, los viajeros, los inconstantes, los errantes, los inestables.

El nombre de la colonia de aquella casa que tanto disfruté, no lo recuerdo. Estaba a cinco minutos de Puerto Juárez. Un segundo piso con una pequeña terraza que daba a un jardín solitario; una pequeña habitación, cocina y baño; ahí dormía en una hamaca, rodeado de ventiladores que me mantenían fresco. Recuerdo una tormenta tropical, recuerdo amaneceres tibios, recuerdo a una vecina-rentera que me regalaba café, recuerdo ese breve trayecto a Isla, pasando por un ferri y el paraíso.

Colonia de Los doctores, luego la Roma, la Estación (en el Estado de Hidalgo; antiguamente ahí había una estación del tren), la Cuauhtémoc, Viaducto Piedad, Santa María la Rivera en la Ciudad de México... El Centro en Guadalajara, aquella casita de segundo piso en Cancún, el Descanso en Tecate, y hasta Ensenada y sus traslados. ¿Qué sigue? Sé el nombre de la calle, y la colonia, pero no sé cuánto duraré ahí, aunque se trate de una casa de mi propiedad.

De algo estoy seguro, la vida tiene un componente que es la movilidad. El difunto se establece definitivamente. En mis viajes, que así también podemos llamarlos, he perdido dos pequeñas bibliotecas. Ahora tengo mis libros en cajas, y la pregunta insistente: ¿podré llevarlos conmigo? Por lo pronto me acomodo en otra pequeña casa, aquí mismo, y espero que pasen los meses y me lleven a donde es extraño que se utilicen las cobijas.

¿Cómo será la existencia ahí en donde llueve torrencialmente en el verano? ¿Cómo será entender al mar en términos más tibios? ¿Aquella biblioteca será más rica que ésta o aquella? Más importante… ¿La violencia es palpable en esas tierras, hay que temer perder la vida por una ráfaga caliente, digamos, de plomo? Otro año, otra mudanza.

(Texto publicado en el suplemento Palabra del periódico El vigía)

domingo, 21 de diciembre de 2014

El Norte




El Norte no cabe un unas líneas, no cabe en una novela, cabe apenas en las ciudades humanas, en la literatura de un país. El norte es invisible, pero abarca realidades extensas. Hay un norte que es nuestro, y otros que no lo son. En el Norte nos acomodamos, levantamos casas de madera que soportan los vientos de Santa Ana, las lluvias escasas de invierno; sobre llantas rellenas, sobre superficies llanas, en colinas, en antiguos arroyos; llantas, millones de ellas.

Me voy lejos, padre; por eso vengo a darle el aviso.
¿Y pa ónde te vas, si se puede saber?
Me voy pal Norte.

Nos venimos para Norte sin imaginar las tormentas invernales, los vendavales, los parques desahuciados. Encontramos nuestra alma que pena, el misterio del más allá que se concreta en las ciudades desiertas de los gringos, las ciudades invadidas por los rostros morenos, no más oscuros que nuestros abuelos. Encontramos la luz palpitante de las casa de cambio, los anuncios de los hoteles para vivir tres horas, las filas interminables de mujeres que entran a las maquiladoras; encontramos bulevares que terminan en murallas de acero, en encierros nacionales.

La risa franca, escandalosa, de las mujeres. Las mujeres-leonas, las mujeres de ojos grandes.

Los mismos perros, desgraciados de collares grises de garrapatas.

La pobreza escondida en la comodidad de la quincena segura.

La banda, la raza, la clica.

Las ciudades que comienzan en el desierto que no es arenal, que es el páramo de todos los Juanes y los Pedros.

El Norte nos abarca, cruza al país, le da la naturaleza llana; el norte es un vacío que se extiende incluso en nosotros, que nos endurece la piel. Creemos que entendemos el Norte, pero tan sólo es la ilusión de un instante que pasa con lentitud inaudita. El Norte son los hueso hechos polvo de mil generaciones, polvo óseo, los edificios que se construyeron bajo tierra, las planicies de un planeta en donde se toca a Pink Floyd con bajo y acordeón, la región que festeja carnavales con lluvia fría, en el macizo de la alegría bien planeada, congelada, pero alegría.

El Norte acusa, desenmascara, da un ritmo descarado. El Norte es una comunidad que mira al lado opuesto, es la multitud que se fortalece con los que llegan del Sur moribundos, y que terminan sentados en un sillón buscando nuevas señales, nuevas formas. El Norte es las ciudades que se agigantan con las miradas oscuras, perdidas, de los que llegan en trenes o aviones, de los que se aclaran la vista en los dominios de la indiferencia. El Norte es la inconsciencia nacional, eso; el Norte es una casa con patios muy amplios, una gran casa en donde se olvidan los sueños, pero en donde se cocinan las nuevas vidas.

(Texto publicado en el suplemento Palabra (periódico El vigía)

jueves, 13 de noviembre de 2014

Más de José Trigo




Cuando leí la palabra “boruca” en José Trigo, entendí que ahí estaba el lenguaje perdido de mi infancia. Mi padre decía, en esas noches bien jóvenes: “ya, no hagan boruca”, y el silencio, ya de por sí endémico en esa planta baja de la vecindad, se agarraba de lo que podía. Éramos varios hermanos, en la flor del escándalo, y callábamos como gente adulta, como ancianos moribundos. Algunos de mis hermanos se encerraban a leer en el baño y otros se acomodaban en la cocina de paredes amarillas. Yo hacía cualquiera de estas cosas, o me acostaba a escuchar la radio con audífonos, o a escuchar la lluvia en la zotehuela (otros escribirían traspatio).

No queda en una palabra, mi lectura me ha llevado a un paseo que no creía que existiera fuera de la charla de los mayores, esa charla que me parecía pesada, torpe, rebuscada, incluso burda. ¿Por qué decían “pulga pedorra”, o “desconchinfladas”, o “turulata”? Yo mismo, en mis primeros años, cantaba: “a comer, a comer, pedacitos sin cuartel”. ¿Quién me enseñó esa canción? En José Trigo la encontré de forma correcta: “a comer, a comer, soldaditos del cuartel”. Era yo un “bodoque”, un “escuincle de porra”, “chipil” pero “morrocotudo”.

Al final, que encanto, y de eso se trata la literatura, de hacer memoria del lenguaje, de guardar lo sustancial de nuestras charlas, de las charlas de todos los tiempos. Al final, nuestro lenguaje no sólo es transformador de la realidad, es la realidad misma en transformación, y lo mismo una máquina del tiempo, el paseo por nosotros mismos, por nuestros orígenes.

lunes, 10 de noviembre de 2014

José Trigo




Hace ya bastantes años, los suficientes para pensar en una pequeña vida, discutimos con Huberto Batis sobre la transformación del lenguaje a partir de una palabra ya entonces en desuso: pensil, también nombre de una colonia en la Ciudad de México. Cualquiera puede argumentar lo contrario en esta extensa comarca en donde el español rifa. Estábamos en un salón de ventanales enormes con vista a la Biblioteca Central y a los jardines de CU. Era claro: el lenguaje se transforma, lo es.

En José Trigo, de Fernando del Paso (Siglo XXI editores), encuentro un lenguaje que se nos fue, el lenguaje del nuestros padres, de nuestros abuelos, el portento, la riqueza de un español-materia viva en donde va germinando la palabra nueva, y en donde se va olvidando el idioma del pasado. ¿Nostalgia por las palabras perdidas? Ahí está Fernando del Paso, barroco, insistente, memorioso, sabio de lo incomprensible.

Nunca olvidaré su capítulo 7, en la primera parte, a dos narraciones que se entretejen como serpientes hambrientas, vivas, y que terminan por devorarse. Prodigioso. Memorable su Ciudad de México primigenia, la desolación rulfiana en un contexto urbano; la fuerza de sus personajes moribundos, el peso de los féretros, de la búsqueda de sí mismos en la historia que se va perdiendo, a trozos, como nosotros mismos.

Y José Trigo “Se puso los zapatos zapatotes del otro hombre”, y la imagen imborrable de personaje que llego con la Eduviges sin zapatos, y que se pone los del otro, porque en este país no sólo heredamos la violencia, lo heredamos todo, aunque nos quede grande la inmundicia, entre lo inconmensurable, entre lo que no podemos entender. Y todos somos todos, como un híperhumano que se extiende hasta el origen de todas las soledades, de todos los dolores.

Para cerrar: esta semana llovió al fin, con ganas, con rabia de madrugada sedienta, y “la resolana de lluvia” alcanzó el amanecer. Y cuando abrí los ojos, seguían faltando 43, y se me amargó el ánimo, la boca, como la “palomina” de todos los pichones de la ciudad, y la desesperanza se volvió a escapar. Pero el español sigue vivo, telúrico, entre los vaivenes de la lengua, de la nación, de las hojas como tumbas ultrajadas, como fosas recién descubiertas, como venas abiertas, como padres llorando a sus hijos.

(Publicado en el suplemento Palabra: http://es.scribd.com/doc/245990082/EVPA1109 )