Todos somos exploradores aunque en diferentes contextos,
algunos de los más comunes son las redes sociales. Cada día, a veces al despertar,
abrimos las páginas y vemos las noticias del día, las publicaciones que se
hicieron en la noche o aquellas muy de mañana; un golpe de información
generalmente de baja calidad, pero también de una riqueza que si bien es
variable, ahí está. Por supuesto, hay joyas entre toda esa, no quiero decir
basura, entre todas esas señas del pequeño grupo de la comunidad que seguimos.
No me excluyo, genero muchas publicaciones de baja calidad pero que no tienen
el fin de mostrar una verdad novedosa, claro, y que como cualquier publicación muestran
“algo” al fin y al cabo.
En general son un montón de temas personales, lagañas y pijamas, fiestas y banquetes, variaciones del devenir de cada día de la gente. Me
gusta mucho mirar los rostros, los pedazos de vida, es cierto. Pero también hay oleadas,
los temas llegan, se establecen como virus, se replican y un día comienzan a escasear.
No es algo nuevo, es un conocimiento común.
Pero detrás está, como telón de fondo, el comportamiento
más básico de la humanidad, están las emociones más simples, la partes que nos
componen: el miedo, el deseo, la ansiedad, la furia, el odio; comportamientos
seductores, amorosos, jocosos, simpáticos y antipáticos… Sabios, sabiondos,
necios, vulgares, acertados o desacertados. En imágenes, en textos cortos, en
videos; un gran paquete en el que se mueven los rasgos de la humanidad.
Así se viven los días de pandemia, como el gran andamiaje
de estos tiempos. El amor en tiempos del SARS-CoV-2, la distancia, el sexo, el
flirteo, la simple comunicación, la amistad, el dolor compartido, la coquetería
virtual, el mal de la sana distancia, la búsqueda de los besos virtuales y los
abrazos que existen únicamente en palabra. El rechazo, por supuesto, el portazo
por in box, el “visto” (el otro día miré una imagen encantadora, una madre y su
hijo, y no pude evitar mandar el mensaje: “que bonitos”. No hubo respuesta y me
sentí perverso, ¿por qué?). La insalvable distancia, la descarnada naturaleza
de las redes sociales: la superficialidad, o la profundidad en temas triviales,
o sencillamente el medio para publicitar la banalidad y el amor que se abarata
con las caritas felices y los corazones de globo.
En comparación, los pies helados de mi hijo en las mañanas,
contra mis propios pies, es una muestra monumental del contacto humano.
Por supuesto, las redes sociales acercan, dan vías de comunicación,
promueven la organización social y las ventas en línea (hoy vendí una bicicleta
y compré una botella de vino, pan y leche), y nos permiten el desahogo, la
catarsis y el catarro, y calman la fiebre y nos permiten mirar a los fantasmas y
a los platillos voladores, y ahí compartimos nuestras lecturas y nuestros
afanes y nuestros gases quedan mudos, lejos de las narices de los otros. Y
compartimos nuestras fiebres, decía, y aplaudimos y nadie nos escucha, y damos “me
gusta” y una oleada de emociones encontradas envuelven al receptor de los “me
encanta”. Y seguimos ahí, mirando para todos lados y buscando, hurgando, escarbando.
Te sigo, me sigues, pero no te huelo mientras afuera la vida parece detenida al
menos por instantes. Hay una conferencia en vivo y nadie se desnudará porque va
contra las reglas, nadie se desinflará ni por supuesto habrá quien vuele como
globo de Cantolla. Pero habrá, eso si, quien nos haga reír, y entonces
pensaremos que la vida vale la pena, o más bien que el “clic” fue acertado, que
ya no es eso, sino un toque en la pantalla, o una caricia para los románticos.
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